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música

¿Presumes de buen gusto musical? Por favor, vete a la mierda

Víctor Lenore. Un ensayo no debe medirse solo por sus ventas, sino también por la potencia de los debates que genera. En ese sentido, ‘Música de mierda’ (Carl Wilson), publicado en 2016, ha sido un éxito arrollador, por su defensa de una mirada antielitista hacia los sonidos que nos causan rechazo (en este caso, las melosas baladas sentimentales de la superventas global Céline Dion). ¿Por qué es importante ser empático al valorar la música de los demás? Porque, como demostró el sociólogo Pierre Bourdieu, los gustos culturales no son inocentes, sino que muchas veces esconden inercias clasistas. Todo el mundo tiene derecho a que no le guste Dion, empezando por el propio Wilson, incapaz de conectar completamente con su objeto de estudio.

Sin embargo, el experimento de intentar acercarse a la artista y a sus seguidores le sirvió para darse cuenta de que las premisas estéticas que él manejaba escondían una mezcla de machismo, clasismo y pavor ante los sentimientos expresados abiertamente, sin la distancia de seguridad que ofrece la ironía hípster. Ese miedo, seguramente, tiene que ver con descubrirse como un ser dependiente y vulnerable. El debate daba para más, por eso es un acierto la publicación de ‘Mierda de música’ (Blackie Books), donde filósofos, sociólogos y escritores definen sus posiciones en esta batalla que funde pop y política.

La democracia como escándalo

El más entusiasta, sin duda, es el sociólogo César Rendueles. El párrafo final de su texto no deja lugar a dudas. “Hay un pasaje de la ‘República’ donde Platón, un convencido antidemócrata, se ríe de los ‘herreros bajos y calvos’ que pretenden meterse en política. No solo es una tesis moralmente repugnante, sino que demuestra una profunda ignorancia de los principios de la democracia’, denuncia.

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23-F: El resto sigue siendo silencio

III República

Salvador López Arnal | publico.es

"El rey mostró "comprensión" y "simpatía" hacia los golpistas". Así rezaba el titular de un artículo [1] que se refería a la información aparecida en Der Spiegel sobre un informe diplomático desclasificado por el actual ministerio germano de Exteriores.

Lothar Lahn había asegurado en su escrito que el rey Juan Carlos I "no mostró ni desprecio ni indignación frente a los actores, es más, mostró comprensión, cuando no simpatía", ante el intento de golpe de Estado del 23-F. Según el seminario alemán, el embajador alemán en España entre 1977 y 1982 [2] mantuvo una conversación con el monarca el 26 de marzo de 1981, un mes después de la intentona golpista. La que sigue siendo la primera autoridad del Estado, el suegro del yernísimo ejecutivo de Telefónica Internacional, le comentó a Lahn sus impresiones acerca del "frustrado" golpe de estado. Nada hace pensar que no hubiese alguna intencionalidad política, sobre la que podemos y deberíamos conjeturar, en el comentario.

¿Qué impresiones? Estas por ejemplo: "los cabecillas sólo pretendían lo que todos deseábamos, concretamente la reinstauración de la disciplina, el orden, la seguridad y la tranquilidad". La responsabilidad última del intento de golpe de estado no fue de sus cabecillas, sino del entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, a quien el Rey Borbón reprochó "despreciar" a los militares (se cuenta que el que fuera designado por el africanista Francisco Franco dejó sólo a Suárez en una reunión militar y los generales franquistas aprovecharon la circunstancia, probablemente pactada, para sacar sus pistolas golpeando con energía en la mesa mientras gritaban que estaban "hasta los mismos cojones de las autonomías").

En su informe, el embajador alemán destacó también que el rey, reiteradamente, había aconsejado sin éxito a Suárez que "atendiera a los planteamientos de los militares, hasta que estos decidieron actuar por su cuenta".

Pues para un rey que –según la Constitución- no interviene en política directamente no está nada mal.

El monarca manifestó ante el embajador de Alemania que trataría de influir en el Gobierno y en los tribunales –la práctica se ha consolidado: caso Borbón-Urdangarin- para evitar un castigo severo a los golpistas. "Sólo pretendían lo mejor". Der Spiegel subrayó en su información que Juan Carlos I dijo a Lahn que el golpe del 23F "debería olvidarse lo antes posible", mostrándose convencido de que una actuación así no volvería a repetirse.

Pues no, no deberíamos olvidarlo. 31 años después de aquel 23-F, que nos puso a todos con la soga fascista en el cuello, en esas estamos.

Y no sólo eso: en el Parlamento la Santísima Trinidad gobernante –PP, PSOE, CiU-, lo más parecido a un bloque sistémico en el poder al serviico de los que mandan, han vetado una propuesta de Izquierda Plural –y probablemente de alguna fuerza más- que solicitaba se investigase lo ocurrido. ¡Qué menos!

"Le llaman democracia y no lo es". ¿A ver si van a tener razón esos jóvenes inconformistas, radicales, antisistema del 15M? ¿A ver si los jóvenes estudiantes de Valencia y alrededores tienen razón cuando afirman que sus armas son libros y los otros, los que hablan de enemigos, atizan con porras, mentiras y cuentos interesados?

www.publico.es/espana/420463/el-rey-mostro-comprension-y-simpatia-hacia-los-golpistas

 

 

 

 

 

 

 

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