El saber es el único espacio de libertad del ser. Michel Foucault

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música

¿Presumes de buen gusto musical? Por favor, vete a la mierda

Víctor Lenore. Un ensayo no debe medirse solo por sus ventas, sino también por la potencia de los debates que genera. En ese sentido, ‘Música de mierda’ (Carl Wilson), publicado en 2016, ha sido un éxito arrollador, por su defensa de una mirada antielitista hacia los sonidos que nos causan rechazo (en este caso, las melosas baladas sentimentales de la superventas global Céline Dion). ¿Por qué es importante ser empático al valorar la música de los demás? Porque, como demostró el sociólogo Pierre Bourdieu, los gustos culturales no son inocentes, sino que muchas veces esconden inercias clasistas. Todo el mundo tiene derecho a que no le guste Dion, empezando por el propio Wilson, incapaz de conectar completamente con su objeto de estudio.

Sin embargo, el experimento de intentar acercarse a la artista y a sus seguidores le sirvió para darse cuenta de que las premisas estéticas que él manejaba escondían una mezcla de machismo, clasismo y pavor ante los sentimientos expresados abiertamente, sin la distancia de seguridad que ofrece la ironía hípster. Ese miedo, seguramente, tiene que ver con descubrirse como un ser dependiente y vulnerable. El debate daba para más, por eso es un acierto la publicación de ‘Mierda de música’ (Blackie Books), donde filósofos, sociólogos y escritores definen sus posiciones en esta batalla que funde pop y política.

La democracia como escándalo

El más entusiasta, sin duda, es el sociólogo César Rendueles. El párrafo final de su texto no deja lugar a dudas. “Hay un pasaje de la ‘República’ donde Platón, un convencido antidemócrata, se ríe de los ‘herreros bajos y calvos’ que pretenden meterse en política. No solo es una tesis moralmente repugnante, sino que demuestra una profunda ignorancia de los principios de la democracia’, denuncia.

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La Iglesia, que la sostengan sus fieles

Sociedad

Vicente Clavero. Usted y yo –aunque no siempre tengamos conciencia de ello– estamos contribuyendo con nuestros impuestos al mantenimiento de la Iglesia católica. Tanto da que seamos seguidores suyos como que no. De los Presupuestos Generales del Estado salen cada año unos 250 millones de euros que van a manos de la Conferencia Episcopal. Su única obligación, a cambio, es dar cuenta del destino final de dicha cantidad, cosa que hace sin demasiados detalles y con bastante retraso. De hecho, el último informe de actividades de la organización data de 2014.

Esos 250 millones sirven para costear la actividad pastoral de las diócesis, la Seguridad Social de todo el clero o el sueldo de los obispos. Sólo una mínima parte (el 2%) va a Cáritas. E insisto: es un dinero que sale de nuestros bolsillos, cualesquiera que sean las creencias que tengamos. Como de nuestros bolsillos salen también las subvenciones directas que reciben, por ejemplo, los colegios católicos concertados. Por no hablar de los cuantiosos ingresos que pierde el Estado por la exención del IBI de la que disfrutan los inmuebles dedicados al culto, y en teoría sólo ellos.

Los 250 millones que cada año transfiere Hacienda a la jerarquía eclesiástica proceden de la asignación tributaria, fórmula ideada con el fin de que parezca que sólo los contribuyentes católicos sostienen a su Iglesia. Basta con que éstos pongan una equis en la casilla correspondiente de la declaración de la Renta para que la Conferencia Episcopal genere el derecho a recibir el equivalente al 0,7% de su cuota íntegra. El gesto –contra lo que pueda parecer– no conlleva ningún coste específico para quien lo hace.

Eso significa que, además, los católicos tienen el privilegio de decidir el montante de un esfuerzo económico que en realidad hacemos todos. Cada año ponen la equis unos siete millones de declarantes, el 35% del total; pero nadie se libra de financiar a la Iglesia. Y lo digo una vez más: con independencia de que se sea creyente o no. Ni siquiera escapan a tan sutil obligación las personas exentas del IRPF, porque esa caja común que son los Presupuestos se nutre con los ingresos derivados de todos los impuestos, incluidos los indirectos.

Los defensores de la asignación tributaria aseguran que la Iglesia se la tiene más que merecida por la “ingente” labor social que realiza y el ahorro que ello supone para el Estado. Lo que ocultan es que esa compensación –que se refiere a su faceta educativa y solidaria– le llega, en todo caso, a través de otras partidas, cuyo importe excede con mucho los 250 millones de euros anuales. Si lo admitieran quizás entenderían mejor a quienes pensamos que las actividades estrictamente religiosas de cualquier confesión deben costearlas sus fieles. Y nadie más que sus fieles.

 

Fuente: http://www.caffereggio.net/2016/12/16/la-iglesia-la-sostengan-fieles-vicente-clavero-publico/

 

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La Guerra Civil que Pérez-Reverte no te contó

Alejandro Torrús. El cómic "¿Qué fue la Guerra Civil?", de Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas ofrece un relato de vencedores y vencidos que supone una replica al que publicó el escritor murciano el año pasado, que califican de equidistante

Cuentan Silvia Casado Arenas y Carlos Fernández Liria que el libro de Arturo Pérez-Reverte La Guerra Civil contada a los jóvenes (Alfaguara) es una obra que dice cosas "muy ciertas", pero que peca de "equidistante". Critican que el cómic venga a decir únicamente algo así como que la guerra española fue un enfrentamiento entre dos bandos rivales que provocó un enorme sufrimiento. Y así fue. No cabe duda. Pero la Guerra Civil ─dicen Casado Arenas y Fernández Liria─ fue otras muchas cosas también "muy ciertas" que se omiten en el relato de Pérez-Reverte. Este es el motivo por el que se han lanzado a publicar ¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes (Akal).

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