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música

¿Presumes de buen gusto musical? Por favor, vete a la mierda

Víctor Lenore. Un ensayo no debe medirse solo por sus ventas, sino también por la potencia de los debates que genera. En ese sentido, ‘Música de mierda’ (Carl Wilson), publicado en 2016, ha sido un éxito arrollador, por su defensa de una mirada antielitista hacia los sonidos que nos causan rechazo (en este caso, las melosas baladas sentimentales de la superventas global Céline Dion). ¿Por qué es importante ser empático al valorar la música de los demás? Porque, como demostró el sociólogo Pierre Bourdieu, los gustos culturales no son inocentes, sino que muchas veces esconden inercias clasistas. Todo el mundo tiene derecho a que no le guste Dion, empezando por el propio Wilson, incapaz de conectar completamente con su objeto de estudio.

Sin embargo, el experimento de intentar acercarse a la artista y a sus seguidores le sirvió para darse cuenta de que las premisas estéticas que él manejaba escondían una mezcla de machismo, clasismo y pavor ante los sentimientos expresados abiertamente, sin la distancia de seguridad que ofrece la ironía hípster. Ese miedo, seguramente, tiene que ver con descubrirse como un ser dependiente y vulnerable. El debate daba para más, por eso es un acierto la publicación de ‘Mierda de música’ (Blackie Books), donde filósofos, sociólogos y escritores definen sus posiciones en esta batalla que funde pop y política.

La democracia como escándalo

El más entusiasta, sin duda, es el sociólogo César Rendueles. El párrafo final de su texto no deja lugar a dudas. “Hay un pasaje de la ‘República’ donde Platón, un convencido antidemócrata, se ríe de los ‘herreros bajos y calvos’ que pretenden meterse en política. No solo es una tesis moralmente repugnante, sino que demuestra una profunda ignorancia de los principios de la democracia’, denuncia.

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Cómo me convertí en un marxista errático

Economía

Yanis Varoufakis | The Guardian | 18/02/2015. El capitalismo tuvo en 2008 su segundo espasmo global. La crisis financiera produjo una reacción en cadena que empujó a Europa a una espiral descendente que continúa hasta la fecha. La situación actual de Europa no es simplemente una amenaza para los trabajadores, para los desposeídos, para los banqueros o para algún grupo, clase social o nación en particular. No. La postura actual de Europa supone una amenaza para la civilización tal y como la conocemos.

Si mi prognosis es correcta, y no nos enfrentamos sólo a otro bajón cíclico que pronto se superará, la cuestión que se le plantea al pensamiento radical es esta:

¿debemos dar la bienvenida a este hundimiento a gran escala del capitalismo europeo como una oportunidad para reemplazar el capitalismo por un sistema mejor? ¿O deberíamos estar tan preocupados por ese hundimiento como para embarcarnos en una campaña para estabilizar el capitalismo europeo?

Para mí, la respuesta está clara. La probabilidad de que la crisis de Europa engendre una mejor alternativa al capitalismo es mucho más remota que la probabilidad de que desate fuerzas peligrosamente reaccionarias con capacidad para provocar una masacre humanitaria y al mismo tiempo acabar con la esperanza de cualquier cambio progresista para las generaciones venideras.

Por mantener esta postura, algunas voces bienintencionadas del pensamiento radical me han acusado de ‘derrotista’ y de intentar salvar el indefendible sistema socioeconómico europeo. Esta crítica duele; lo confieso. Y duele porque contiene algo más que un poso de verdad.

Comparto la visión de que esta Unión Europea se caracteriza por un gran déficit democrático que, unido a la negación de las deficiencias en su arquitectura monetaria, ha puesto a los pueblos de Europa en una senda de recesión permanente. Y me inclino también ante las críticas de que el programa que he defendido se basaba en la premisa de que la Izquierda estaba, y sigue estando, directamente derrotada. Me gustaría mucho más promover una agenda radical cuya razón de ser fuera reemplazar el capitalismo europeo por un sistema diferente.

Pero mi objetivo aquí es ofrecer una ventana desde la que acercarse a mi visión de un repugnante capitalismo europeo cuya implosión, a pesar de sus muchos males, debe evitarse a cualquier precio. Es una confesión pensada para convencer a los radicales de que tenemos una misión contradictoria: detener la caída libre del capitalismo europeo a fin de conseguir el tiempo que necesitamos para formular su alternativa.

¿Por qué un marxista?

Cuando elegí el tema de mi tesis doctoral, allá por 1982, elegí a propósito un tema que tuviera muchas matemáticas y en el que el pensamiento de Marx fuera irrelevante. Cuando más adelante me embarqué en la carrera académica, como profesor invitado en diferentes facultades de economía de la corriente hegemónica, el contrato implícito que mantuve con las facultades que me invitaron fue el de impartir una teoría económica en la que Marx no tuviera cabida. A finales de los 80, la Universidad de Sidney me contrató, sin yo saberlo, para evitar que el puesto lo ocupara un candidato de izquierdas.

Tras volver a Grecia en 2000, aposté por George Papandreu, con la esperanza de ayudar a contener la vuelta al poder de una resurgente derecha empeñada en empujar de nuevo a Grecia hacia una postura xenófoba, tanto a nivel interno como en política de extranjería. Como el mundo entero sabe ahora, el partido del Sr. Papandreu no sólo fracasó en su intento de atajar la xenofobia, sino que, al final, acabó gobernando con una de las políticas macroeconómicas neoliberales más virulentas, que sirvió de punta de lanza para los así llamados ‘rescates’ de la Eurozona, provocando así, involuntariamente, el regreso de los nazis a las calles de Atenas. Incluso a pesar de haber dimitido como asesor de Papandreu a comienzos de 2006 y de haberme convertido en el crítico más acérrimo de su Gobierno durante su pésima gestión de la implosión griega posterior a 2009, mis intervenciones públicas en el debate sobre Grecia y Europa (por ejemplo[1], la ‘Modesta propuesta para resolver la crisis del euro’ que he venido defendiendo y de la que fui coautor) no han tenido el menor tufillo a marxismo.

A la vista de todo lo anterior, podría extrañar que me llame a mí mismo marxista. Pero, en realidad, fue Karl Marx quien estructuró mi perspectiva del mundo en que vivimos, desde mi infancia hasta hoy. Esto no es algo de lo que yo suela hablar de buena gana en ‘círculos educados’, porque la sola mención de la palabra marxismo hace que las audiencias desconecten. Pero tampoco lo niego nunca. Tras unos cuantos años de hablar ante audiencias con las que no comparto ideología, me ha surgido recientemente una necesidad de hablar sobre la impronta de Marx en mi pensamiento. De explicar por qué, aun siendo un marxista sin complejos, creo que, en más de un sentido, es importante resistirse a Marx con pasión. Ser, en otras palabras, erráticos en nuestro marxismo.

Si durante toda mi carrera académica he ignorado en gran medida a Marx, y siendo imposible definir mis recomendaciones políticas actuales como marxistas, ¿por qué sacar ahora el marxismo? La respuesta es simple: incluso mi visión no marxista de la economía se ha inspirado en una mentalidad fuertemente influenciada por Marx.

Siempre he pensado que un teórico social radical puede enfrentarse a la corriente hegemónica en economía de dos maneras distintas. Una es mediante la crítica inmanente. Aceptar los axiomas de la corriente hegemónica para luego exponer sus contradicciones internas. Decir: “no voy a cuestionar tus supuestos, pero he aquí por qué tus propias conclusiones no se deducen lógicamente de ellos”. Este era, de hecho, el método de Marx para socavar las políticas económicas británicas. Marx aceptó cada uno de los axiomas de Adam Smith y de David Ricardo para demostrar que, en el contexto de sus premisas, el capitalismo era un sistema contradictorio. El otro método que un teórico radical puede seguir es, por supuesto, el de la construcción de teorías alternativas a las del establishment, con la esperanza de que sean tomadas en serio.

Mi percepción de este dilema siempre ha sido que a los poderes fácticos nunca les preocupan las teorías elaboradas a partir de premisas diferentes a las suyas. Lo único que puede desestabilizar y desafiar genuinamente a la corriente hegemónica y a los economistas neoclásicos es la demostración de la inconsistencia interna de sus propios modelos. Por eso fue por lo que, desde el principio, decidí hurgar en las ‘tripas’ de la teoría neoclásica y gastar poca o ninguna energía intentando desarrollar modelos marxistas alternativos al capitalismo. Mis motivos, me permito sugerir, fueron bastante… marxistas.

Cuando me invitaban a dar una charla sobre el mundo en que vivimos, no tenía más opción que apoyarme en la tradición marxista que ha moldeado mi pensamiento desde que mi padre metalúrgico me recalcó, siendo yo un niño aún, el efecto que los cambios tecnológicos y la innovación tienen sobre los procesos históricos. Cómo, por ejemplo, el paso de la Edad del Bronce a la del Hierro aceleró la historia; cómo el descubrimiento del acero hizo que se disparara el ritmo histórico; y cómo las tecnologías de la información siguen precipitando aún más las discontinuidades socioeconómicas e históricas.

Mi primer encuentro con los escritos de Marx me llegó muy pronto, como resultado de los extraños tiempos en que crecí, con Grecia saliendo de la pesadilla de la dictadura neofascista de 1967-74. Lo que me cautivó de Marx fue ese fascinante don suyo para escribir guiones dramáticos de la historia humana, de hecho, de la condena humana, que también va unida a la posibilidad real de salvación y de auténtica espiritualidad.

Marx creó una narración poblada de trabajadores, capitalistas, funcionarios, científicos, que eran las dramatis personae de la historia. Luchaban por emplear la razón y la ciencia en un contexto de empoderamiento de la humanidad, mientras, contrariamente a sus intenciones, desataban fuerzas demoníacas que usurpaban y subvertían su libertad y su humanidad.

Esa perspectiva dialéctica, donde todo lleva en su interior la semilla de su opuesto, y el perspicaz ojo con que Marx supo discernir un potencial transformador en una de las estructuras sociales aparentemente más constantes e inmutables, me ayudaron a entender las grandes contradicciones de la era capitalista. Así se resolvía la paradoja de una edad que ha generado la riqueza más extraordinaria y, al mismo tiempo, la pobreza más conspicua. Hoy, al contemplar la crisis europea, la crisis en Estados Unidos o el estancamiento a largo plazo del capitalismo japonés, la mayoría de los analistas no aciertan a distinguir el proceso dialéctico que tienen ante sus narices. Reconocen, eso sí, el montón de deudas y de pérdidas bancarias, pero descuidan la otra cara de la moneda: el montón de ahorros improductivos que permanecen ‘congelados’ por miedo y que, por tanto, no se convierten en inversiones productivas. Una vigilancia marxista de estos binomios opuestos podría haberles abierto los ojos…

Una de las razones principales de que la opinión del establishment no consiga aceptar la realidad contemporánea es que nunca entendió esa tensión dialéctica, esa ‘producción conjunta’ de deudas y excedentes, de crecimiento y desempleo, de riqueza y pobreza, en definitiva, del bien y el mal. El guión de Marx nos señaló estos binomios opuestos como las fuentes de las que mana la historia.

Desde mis primeros pasos en el pensamiento económico hasta la fecha, me pareció que Marx había hecho un descubrimiento que debe seguir siendo la pieza central de cualquier análisis útil del capitalismo. Fue el descubrimiento de otro binomio en lo profundo del trabajo humano. El binomio formado por las dos naturalezas distintas del trabajo: i) el trabajo como actividad generadora de valor que no puede especificarse ni cuantificarse de antemano (y que, por tanto, es imposible de mercantilizar) y ii) el trabajo como cantidad (por ejemplo, número de horas trabajadas), que está en venta y tiene un precio. Eso es lo que distingue al trabajo de otros inputs productivos como la electricidad: su naturaleza dual y contradictoria. Una diferenciación con contradicción que la economía política no supo hacer hasta que apareció Marx y que la corriente económica hegemónica se niega categóricamente a reconocer hoy en día.

Tanto la electricidad como el trabajo pueden considerarse mercancías. En efecto, tanto empresarios como trabajadores luchan por mercantilizar el trabajo. Los empresarios emplean toda su ingenuidad, y la de sus subordinados de recursos humanos, en cuantificar, medir y homogeneizar el trabajo. Mientras tanto, los potenciales empleados futuros pasan por el exprimidor en un ansioso intento de mercantilizar su fuerza laboral, de escribir y reescribir en sus CV’s para pintarse a sí mismos como proveedores de unidades de trabajo cuantificables. Y ahí está la trampa. Porque, si trabajadores y empresarios acabaran consiguiendo mercantilizar por completo el trabajo, el capitalismo perecería. Esta es una percepción sin la cual nunca podrá comprenderse del todo la tendencia del capitalismo a generar crisis y es, además, una percepción a la que nadie tiene acceso sin exponerse de algún modo al pensamiento de Marx.

La ciencia ficción se convierte en documental

En el clásico del cine de 1953 La invasión de los ladrones de cuerpos, las fuerzas alienígenas no atacan de frente, a diferencia de lo que ocurre en, pongamos por caso, La Guerra de los Mundos de H.G. Wells. En vez de eso, a la gente se la va reemplazando desde dentro, hasta que no queda nada de su espíritu y sus emociones humanas. Sus cuerpos son como cáscaras que antes contenían libre albedrío y que ahora trabajan, soportan el ajetreo de la ‘vida’ cotidiana y funcionan como simulacros humanos ‘liberados’ de la incuantificable esencia de la naturaleza humana. Algo así es lo que habría pasado si el trabajo humano se hubiera vuelto perfectamente reducible a capital humano, haciéndolo así encajar en los modelos económicos corrientes.

Toda teoría económica no marxista que considere intercambiables los inputs productivos humanos y no humanos está asumiendo que la deshumanización del trabajo humano es completa. Pero si alguna vez pudiera llegar a completarse, el resultado sería el fin del capitalismo como sistema capaz de crear y distribuir valor. Para empezar, una sociedad de autómatas deshumanizados sería como un reloj mecánico lleno de engranajes y resortes, cada uno con su propia y única función, que juntos producen un ‘bien’: medir el tiempo. Pero si en esa sociedad no hubiera nada más que otros autómatas, la medición del tiempo no sería un ‘bien’. Es cierto que sería un producto, pero ¿por qué un ‘bien’? Sin humanos de verdad que experimenten el uso del reloj, no puede existir algo como ‘bien’ o ‘mal’.

Si el capital consigue alguna vez cuantificar el trabajo, y subsecuentemente mercantilizarlo por completo, como intenta constantemente, también estará aplastando esa indeterminada y recalcitrante libertad humana inherente al trabajo que es la que permite la generación de valor. La brillante aportación de Marx sobre la esencia de las crisis capitalistas fue precisamente esta: cuanto más éxito tenga el capitalismo en convertir el trabajo en una mercancía, menor será el valor de cada producto que genera, más pequeño será el margen de beneficio y, por último, más cerca estará la siguiente recesión de la economía como sistema. Esta idea de la libertad humana como una categoría económica es exclusiva de Marx, y hace posible una interpretación particularmente dramática y analíticamente astuta de la propensión del capitalismo a arrancar recesiones, e incluso depresiones, de las fauces del crecimiento.

Cuando Marx escribía que el trabajo es la vida, el fuego escultor, la transitoriedad de las cosas, su temporalidad, estaba haciendo la mayor contribución que ningún economista haya hecho nunca a nuestra comprensión de la aguda contradicción oculta dentro del ADN del capitalismo. Cuando describió el capital como una «…fuerza a la cual debemos someternos…, que desarrolla una energía cosmopolita, universal, que derriba todos los límites y fronteras y se coloca a sí mismo como la única política, la única universalidad, él único límite y la única frontera», estaba remarcando la realidad de que el trabajo puede comprarse con capital líquido (por ejemplo, dinero), en su forma de mercancía, pero que siempre llevará consigo una voluntad hostil hacia el comprador capitalista. Pero Marx no estaba solamente haciendo una afirmación psicológica, filosófica o política. Estaba más bien aportando un notable análisis de por qué en el momento en que el trabajo (como actividad incuantificable) pierde esa hostilidad, se vuelve estéril, incapaz de producir valor.

En un tiempo en que los neoliberales han atrapado a la mayoría en sus tentáculos teóricos, regurgitando incesantemente la idea de mejorar la productividad laboral en un esfuerzo por mejorar la competitividad con vistas a crear crecimiento, etc., el análisis de Marx ofrece un poderoso antídoto. El capital nunca podrá ganar en su lucha por convertir el trabajo en un input mecanizado e infinitamente elástico sin destruirse a sí mismo. Eso es lo que ni neoliberales ni keynesianos entenderán jamás. «Si toda la clase trabajadora fuese aniquilada por la maquinaria –escribía Marx–, ¡qué terrible sería eso para el capital, que sin trabajo asalariado, deja de ser capital!»

¿Qué ha hecho Marx por nosotros?

A casi todas las escuelas de pensamiento, incluidas las de algunos economistas progresistas, les gusta pretender que, aunque Marx haya sido una figura poderosa, hay muy poco en su contribución que siga siendo relevante hoy en día. Me permito discrepar. Además de haber sabido captar el drama básico de la dinámica capitalista, Marx me ha dado las herramientas con las que inmunizarme contra la propaganda tóxica del neoliberalismo. Por ejemplo, la idea de que la riqueza la produce la iniciativa privada, y luego un Estado cuasi ilegítimo expropia esa riqueza a través de impuestos, es una idea a la que es fácil sucumbir si a uno no le han explicado primero el perspicaz argumento de Marx de que lo que ocurre es precisamente lo contrario: la riqueza se produce colectivamente y es la iniciativa privada la que luego se apropia de ella a través de relaciones sociales de producción y derechos de propiedad que dependen, para su reproducción, casi exclusivamente de la falsa consciencia.

En su reciente libro Never Let a Serious Crisis Go To Waste (Nunca desperdicies una crisis grave), el historiador del pensamiento económico Philip Mirowski ha subrayado el éxito de los neoliberales para convencer a gran cantidad de gente de que los mercados no son solo un medio útil de alcanzar un fin, sino que son también un fin en sí mismos. Según esta visión, mientras que la acción colectiva y las instituciones públicas son incapaces de ‘hacer las cosas bien’, una iniciativa privada y descentralizada a la que se le permita operar sin trabas es la garantía para obtener no solo los resultados correctos, sino también los deseos correctos, el carácter correcto e incluso el ethos correcto. El mejor ejemplo de esa manifestación de la estupidez neoliberal es, por supuesto, el debate sobre cómo abordar el cambio climático. Los neoliberales se han apresurado a argumentar que, si hay que hacer algo, ese algo debe concretarse en la creación de un cuasi mercado para ‘males’ (por ejemplo, una estrategia comercial para las emisiones), ya que solo los mercados ‘saben’ como poner el precio adecuado a bienes y a males. Para entender por qué esa solución cuasi mercantil está destinada al fracaso y, lo más importante, de dónde viene el incentivo para tales ‘soluciones’, lo mejor es familiarizarse con la lógica de acumulación del capital que Marx esbozó y que el economista polaco Michal Kalecki adaptó a un mundo gobernado por una red de oligopolios.

En el siglo XX, los dos movimientos políticos que buscaron sus raíces en el pensamiento de Marx fueron los partidos comunistas y socialdemócratas. Ambos, además de sus otros errores (y, de hecho, crímenes), fracasaron, para su desgracia, en su intento de seguir a Marx en un aspecto crucial: en vez de adoptar la libertad y la racionalidad como gritos de guerra y como conceptos organizativos, optaron por la igualdad y la justicia, regalando el concepto de libertad a los neoliberales. Marx fue inflexible en esto: el problema con el capitalismo no es que sea injusto, sino que es irracional, pues acostumbra a condenar a generaciones enteras a la escasez y al desempleo y hasta convierte a los capitalistas en autómatas movidos por la ansiedad, viviendo siempre con el miedo a que, si no mercantilizan por completo a sus recursos humanos para así servir mejor a la acumulación de capital, dejarán de ser capitalistas. De este modo, si el capitalismo parece injusto, es porque esclaviza a todo el mundo; desperdicia recursos humanos y naturales; la misma línea de producción que no cesa de producir artilugios notables y riquezas incalculables, produce también profunda infelicidad y crisis no menos profundas.

Con su fracaso a la hora de formular una crítica al capitalismo basada en la libertad y la racionalidad (algo que Marx consideraba esencial), la socialdemocracia y la izquierda en general permitieron que los neoliberales usurparan la bandera de la libertad y consiguieran una victoria espectacular en la batalla de las ideologías.

Tal vez, la dimensión más significativa de ese triunfo neoliberal sea eso que se ha dado en llamar el ‘déficit democrático’. Ríos enteros de lágrimas de cocodrilo ha provocado el declinar de nuestras grandes democracias durante las últimas tres décadas de financiarización y globalización. Marx se habría reído a carcajadas de quienes parecen sorprendidos, o molestos, por ese ‘déficit democrático’. ¿Cuál era el gran objetivo del liberalismo del siglo XIX? Era, como Marx no se cansó de señalar, el de separar la esfera económica de la esfera política y confinar a los políticos a esta última, mientras se dejaba la esfera económica para el capital. Lo que ahora contemplamos no es más que ese formidable éxito del liberalismo, que ha conseguido ese objetivo largamente añorado. Echemos un vistazo a la Sudáfrica de hoy, más de dos décadas después de que Nelson Mandela fuese liberado y la esfera política llegara, por fin, a toda la población. El problema del Congreso Nacional Africano fue que, para que se le permitiera dominar la esfera política, tenía que ceder poder a las elites económicas. A quien piense de otro modo, le sugiero que hable con las docenas de mineros acribillados por los guardias armados pagados por los empresarios cuando los mineros se atrevieron a pedir un aumento de sueldo.

¿Por qué errático?

Una vez aclarado por qué cualquier certeza que pudiera yo tener sobre nuestro mundo social se la debo a Marx, quiero explicar ahora por qué sigo terriblemente enfadado con él. En otras palabras, perfilaré por qué soy un marxista errático e inconsistente por vocación. Marx cometió dos errores espectaculares, uno de ellos por omisión y el otro por comisión. Incluso hoy, estos errores siguen obstaculizando la eficacia de la izquierda, especialmente en Europa.

El primer error de Marx –el error por omisión– fue que no supo calcular el impacto que su propia teoría tendría sobre el mundo acerca del cual estaba teorizando. Su teoría es excepcionalmente poderosa en lo discursivo, y Marx era consciente de ese poder. Entonces, ¿cómo es que no le preocupó que sus discípulos, gente con una mejor percepción de esas poderosas ideas que el trabajador promedio, pudieran utilizar ese poder que les concedían las propias ideas de Marx para abusar de otros compañeros, para construir su propia parcela de poder, para ganar influencia?

El segundo error de Marx –el que le adjudico por comisión– fue peor. Fue su suposición de que la verdad del capitalismo podía llegar a descubrirse mediante sus modelos matemáticos. Ese fue el peor servicio que podría haberle hecho a su propia teoría. El hombre que nos dio la idea de la libertad humana como concepto económico de primer orden, el sabio que radicalizó el principio de indeterminación y lo aupó a su justo lugar en la economía política fue la misma persona que acabó tonteando con modelos algebraicos simplistas en los que las unidades de trabajo eran, naturalmente, cuantificadas por completo, esperando contra toda esperanza deducir de esas ecuaciones alguna conclusión adicional sobre el capitalismo. Tras su muerte, los economistas marxistas malgastaron sus largas carreras recreándose en mecanismos escolásticos similares. Totalmente inmersos en debates irrelevantes sobre qué hacer con ‘el problema de la transformación’, acabaron convirtiéndose en una especie extinta, mientras el gigante neoliberal aplastaba toda disidencia a su paso.

¿Cómo pudo Marx ser tan iluso? ¿Por qué no supo reconocer que la verdad del capitalismo jamás puede surgir de ningún modelo matemático, por muy brillante que sea su diseño? ¿Acaso no tenía las herramientas intelectuales para darse cuenta de que la dinámica capitalista surge de lo incuantificable del trabajo humano, una variable que no puede definirse de forma matemática? ¡Por supuesto que las tenía, puesto que esas herramientas las forjó él! No; el motivo de su error fue un poco más siniestro: igual que los economistas vulgares a quienes tan brillantemente reprendía (los mismos que hoy siguen dominando las facultades de economía), Marx codició el poder que esas ‘evidencias’ matemáticas le otorgaban.

Si tengo razón, Marx sabía lo que hacía. Comprendió, o supo ver, que una teoría integral del valor no cabe en el modelo matemático de una economía capitalista dinámica. Era consciente, no tengo ninguna duda, de que una teoría económica sólida debe respetar la idea de que las reglas de lo indeterminado son también indeterminadas. En términos económicos, eso significa reconocer que el poder del mercado capitalista, y por tanto, la rentabilidad, no se limita necesariamente a su capacidad de extraer trabajo de sus empleados; reconocer que ciertos capitalistas pueden sacar más de un determinado grupo de trabajadores o de una determinada comunidad de consumidores por razones que son externas a la propia teoría de Marx.

La pena es que ese reconocimiento sería equivalente a aceptar que sus ‘leyes’ no eran inmutables. Marx se habría visto obligado a reconocer ante sus rivales del movimiento sindical que su teoría era indeterminada y que, en consecuencia, sus afirmaciones no podían ser absoluta e inequívocamente correctas. Que siempre serían provisionales. Ese convencimiento de haber dado con la historia, o el modelo, completo y cerrado, de tener la última palabra, es algo que no puedo perdonarle a Marx. Después de todo, esa es la prueba de que cometió gran cantidad de errores y, más concretamente, de que cayó en el error del autoritarismo. Errores y autoritarismo que han sido en gran parte responsables de la impotencia actual de la izquierda para ejercer como fuerza del bien, como mecanismo de control contra los abusos a la razón y a la libertad que la pandilla neoliberal administra hoy en día.

La lección de la señora Thatcher

Me mudé a Inglaterra para asistir a la universidad en septiembre de 1978, unos seis meses antes de que la victoria de Margaret Thatcher cambiara Gran Bretaña para siempre. Observar al Gobierno laborista desintegrarse bajo el peso de su degenerado programa socialdemócrata, me llevó a un grave error: el de pensar que el triunfo de Thatcher podía ser algo bueno, pues sacudiría a las clases media y trabajadora de Gran Bretaña con el breve e intenso shock necesario para revigorizar las políticas progresistas, y daría a la izquierda la oportunidad de elaborar una agenda nueva y radical que abogara por otra clase de políticas, más eficaces y progresistas.

Incluso mientras el paro se duplicaba y luego se triplicaba bajo las radicales intervenciones neoliberales de Thatcher, seguí albergando la esperanza de que Lenin tuviera razón: «para que las cosas mejoren, primero tienen que empeorar». Mientras la vida se volvía más dura, más salvaje y, para muchos, más corta, se me ocurrió que estaba trágicamente equivocado: las cosas podían empeorar a perpetuidad, sin mejorar jamás. La esperanza de que el deterioro de lo público, el menoscabo generalizado de la calidad de vida y la extensión de la escasez a cada rincón de la tierra conducirían automáticamente a un renacimiento de la izquierda no era más que eso: una esperanza.

La realidad era, sin embargo, dolorosamente distinta. Con cada vuelta de tuerca de la recesión, la izquierda se volvía más introvertida, menos capacitada para elaborar un programa progresista y convincente y, mientras tanto, la clase trabajadora se dividía entre los que se quedaban fuera del sistema y los que hacían suya la mentalidad neoliberal. Mi esperanza de que Thatcher provocaría involuntariamente una nueva revolución política resultó completamente vana. Lo único que surgió del thatcherismo fue una financiarización extrema, el triunfo de los centros comerciales sobre la tienda de la esquina, la fetichización de la vivienda y Tony Blair.

En vez de radicalizar la sociedad británica, la recesión que tan cuidadosamente diseñó el Gobierno de Thatcher, como parte de su lucha de clases contra el trabajo organizado y contra las instituciones públicas y los mecanismos de seguridad social y de redistribución instaurados después de la Guerra, destruyó para siempre la menor posibilidad de una política radical y progresista en Gran Bretaña. De hecho, hizo imposible la mera noción de valores que se salieran de lo que el mercado estipulaba como el precio ‘correcto’.

La lección que Thatcher me enseñó sobre la capacidad de una recesión de larga duración para socavar las políticas progresistas es una lección que me ha acompañado hasta la actual crisis europea. Es, de hecho, el factor más importante de mi postura con respecto a la crisis. Esa es la razón de que esté encantado de confesar el pecado del que me acusan algunos de mis críticos de la izquierda: el pecado de decidir descartar programas políticos radicales que busquen explotar la crisis como una oportunidad para derrocar al capitalismo europeo, desmantelar la horrible eurozona, y minar la Unión Europea de los cárteles y los banqueros en bancarrota.

Sí, me encantaría proponer una agenda tan radical. Pero, no; no estoy dispuesto a cometer dos veces el mismo error. ¿Qué conseguimos en Gran Bretaña a comienzos de los 80 promoviendo una agenda por un cambio socialista que la sociedad británica desdeñó mientras caía de cabeza en la trampa neoliberal de Thatcher? Exactamente nada. ¿Qué bien haría hoy exigir el desmantelamiento de la eurozona, de la propia Unión Europea, cuando es el capitalismo europeo el que hace lo que puede para socavar la Eurozona, la Unión Europea y, de hecho, para socavarse a sí mismo?

Una salida griega, portuguesa o italiana de la Eurozona conduciría rápidamente a la fragmentación del capitalismo europeo, dando paso a una región de excedentes y gravemente recesionista al este del Rin y al norte de los Alpes, mientras que el resto de Europa sería candidata a quedar bajo el yugo de una feroz estanflación. ¿Quién creen que se beneficiaría de ese guión? ¿Una izquierda progresista que surgiría como un ave fénix de las cenizas de las instituciones públicas europeas? ¿O los nazis de Amanecer Dorado, los neofascistas, los xenófobos y los chanchulleros del mercado negro? No tengo la más mínima duda de a cuál de los dos lados le irá mejor con la desintegración de la Eurozona.

Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a soplarle las velas a esta versión posmoderna de los Años Treinta. Si eso significa que somos nosotros, los marxistas convenientemente erráticos, quienes tenemos que intentar salvar al capitalismo europeo de sí mismo, que así sea. No por amor al capitalismo europeo, ni a la Eurozona, ni a Bruselas, ni al Banco Central Europeo, sino que porque queremos minimizar el peaje humano de esta crisis.

¿Qué deben hacer los marxistas?

Las elites europeas se comportan hoy como si no entendieran ni la naturaleza de la crisis que están presidiendo, ni sus implicaciones para el futuro de la civilización europea. En un gesto atávico, optan por saquear las ya mermadas despensas de los débiles y los desposeídos para tapar los agujeros del sector financiero, negándose a aceptar la insostenibilidad de esa tarea.

Incluso con las elites inmersas en la negación y la confusión, la izquierda ha de admitir que, simplemente, no estamos listos para tapar el abismo que el colapso del capitalismo europeo abriría con un sistema socialista que funcione. Nuestra tarea entonces debería ser doble. Primero, presentar un análisis de la situación actual que los no marxistas, europeos de buenas intenciones que han sido atraídos por las sirenas del neoliberalismo, encuentren revelador. Segundo, dar continuidad a ese análisis sólido con propuestas para estabilizar Europa y acabar con la espiral descendente que, al final, solo favorece a los fanáticos.

Permítanme concluir con dos confesiones. Primero, aun cuando estoy encantado de defender como genuinamente radical la persecución de una modesta agenda para estabilizar un sistema al que critico, no voy a pretender ser demasiado entusiasta al respecto. Puede que sea eso lo que debemos hacer, en las circunstancias actuales, pero me entristece pensar que probablemente no estaré aquí para ver cómo se adopta una agenda más radical.

Mi confesión final es de carácter sumamente personal: sé que al permitirme dar la impresión de haber sido aceptado en los círculos de la alta sociedad, corro el riesgo de minimizar subrepticiamente la tristeza de abandonar toda esperanza de vivir para ver el final del capitalismo. En una ocasión me sorprendí experimentando una sensación de satisfacción conmigo mismo al ser agasajado por las elites poderosas. Y fue una sensación de lo más convencional, desagradable, corruptiva y corrosiva.

Mi nadir personal me ocurrió en un aeropuerto. Un grupo adinerado me había invitado a dar el discurso inaugural en una conferencia sobre la crisis europea y había aflojado la ridícula suma necesaria para comprarme un billete de primera clase. En mi viaje de vuelta a casa, cansado y con varios vuelos a cuestas, estaba abriéndome paso a través de la larga fila de pasajeros de clase turista para llegar a mi puerta de embarque. De repente, me percaté, con horror, de con qué facilidad se había infectado mi mente con la sensación de tener derecho a saltarme a la mayoría. Me di cuenta de lo rápido que se me había olvidado algo que mi mente de izquierdas ha sabido siempre: nada se reproduce con tanto éxito como una falsa pretensión de derecho. Forjar alianzas con fuerzas reaccionarias, tal y como creo que deberíamos hacer hoy para estabilizar Europa, nos coloca ante el riesgo de ser abducidos, de desprendernos de nuestro radicalismo ante el cálido brillo de haber ‘llegado’ a los pasillos del poder.

Confesiones radicales, como las que he intentado aquí, son quizá el único antídoto programático contra el deslizamiento ideológico que amenaza con convertirnos en piezas del gran engranaje. Si vamos a forjar alianzas con nuestros adversarios políticos, debemos evitar que nos ocurra como a aquellos socialistas que fracasaron en su intento de cambiar el mundo, pero sí tuvieron éxito a la hora de mejorar sus circunstancias personales. El truco está en evitar ese maximalismo revolucionario que, al final, acaba ayudando a los neoliberales a sortear toda oposición a sus perniciosas políticas, y en tener siempre presentes los errores inherentes al capitalismo, mientras intentamos, por razones estratégicas, salvarlo de sí mismo.

. . . . . . . . . . . .

NOTAS:

[1] El ejemplo entre paréntesis se omite en el texto publicado por The Guardian y ha sido rescatado del documento original, disponible en el blog de Varoufakis. (N. del T.)

Este artículo está adaptado de una conferencia ofrecida en 2013 en el VI Festival Subversivo de Zagreb. La adaptación fue publicada en inglés por The Guardian en febrero de 2015.

Traducción para Iniciativa Debate: Carlos Delgado.

Imagen de portada extraída del blog de Yanis Varoufakis.

Fuente: http://iniciativadebate.org/2015/03/13/varoufakis-como-me-converti-en-un-marxista-erratico/

 

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La Guerra Civil que Pérez-Reverte no te contó

Alejandro Torrús. El cómic "¿Qué fue la Guerra Civil?", de Carlos Fernández Liria y Silvia Casado Arenas ofrece un relato de vencedores y vencidos que supone una replica al que publicó el escritor murciano el año pasado, que califican de equidistante

Cuentan Silvia Casado Arenas y Carlos Fernández Liria que el libro de Arturo Pérez-Reverte La Guerra Civil contada a los jóvenes (Alfaguara) es una obra que dice cosas "muy ciertas", pero que peca de "equidistante". Critican que el cómic venga a decir únicamente algo así como que la guerra española fue un enfrentamiento entre dos bandos rivales que provocó un enorme sufrimiento. Y así fue. No cabe duda. Pero la Guerra Civil ─dicen Casado Arenas y Fernández Liria─ fue otras muchas cosas también "muy ciertas" que se omiten en el relato de Pérez-Reverte. Este es el motivo por el que se han lanzado a publicar ¿Qué fue la Guerra Civil? Nuestra historia explicada a los jóvenes (Akal).

"Intentamos sacar a la luz algunos aspectos de la guerra que también son ciertos y deben ser tomados en cuenta. Será el lector, por joven que sea, quien tendrá que preocuparse de interpretar qué es, entonces, lo que realmente sucedió", explican los autores en el prólogo de la obra, ilustrada por David Ouro.

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